Terremoto de Lisboa 1755: la catástrofe que cambió Europa
El 1 de noviembre de 1755, un terremoto, un tsunami y un incendio destruyeron Lisboa en pocas horas. La catástrofe sacudió también el sur de España, mató a decenas de miles de personas y obligó a Europa a replantearse todo: desde cómo se construyen las ciudades hasta cómo entendemos el sufrimiento.
Una mañana luminosa que terminó en catástrofe
Imagina una de las ciudades más ricas y pobladas de Europa a mediados del siglo XVIII. Una metrópoli donde se cruzaban comerciantes de tres continentes, con palacios, monasterios y una biblioteca real de unos 70.000 volúmenes. Esa era Lisboa la mañana del 1 de noviembre de 1755.
Eran alrededor de las 9:30 de la mañana. Día de Todos los Santos. Las iglesias estaban llenas de fieles y las velas encendidas por toda la ciudad. Un testigo británico, el reverendo Charles Davy, describió aquella mañana como una de las más hermosas que había visto. Pocos minutos después, el suelo empezó a temblar.
Lo que siguió fue una triple catástrofe —terremoto, tsunami e incendios— que destruyó la ciudad en cuestión de horas y dejó una marca permanente en la historia de Europa. Pero lo más extraordinario no fue solo la destrucción: fue lo que vino después. El terremoto de Lisboa forzó a pensadores como Voltaire, Rousseau y Kant a cuestionar las ideas de su época, impulsó el nacimiento de la sismología moderna y sentó las bases de la primera normativa antisísmica de la historia.
En este artículo vas a descubrir qué ocurrió exactamente aquel día, por qué afectó tanto al sur de España, cómo un político visionario reconstruyó la ciudad con criterios revolucionarios y qué lecciones podemos extraer hoy para nuestra propia preparación.

| Fecha | 1 de noviembre de 1755 (~09:30 h) |
| Magnitud estimada | Entre 8,5 y 9,0 Mw [Fuente: estimaciones paleosismológicas; Martínez Solares, 2001] |
| Epicentro | Océano Atlántico, zona de fractura Azores-Gibraltar, a unos 200-300 km al suroeste de Lisboa |
| Duración | Entre 3,5 y 6 minutos |
| Víctimas mortales | Entre 60.000 y 100.000 (Lisboa, sur de España, Marruecos) |
| Tsunami | Olas de entre 6 y 20 m; afectó a Portugal, España, Marruecos e incluso el Caribe |
| Destrucción en Lisboa | ~85 % de los edificios destruidos, incluidas 35 de 40 iglesias |
| Víctimas en España | Unas 5.300 según recuento de la época |
El contexto: Lisboa, capital de un imperio
Para entender la magnitud de lo que ocurrió, hay que conocer primero la ciudad que desapareció. A mediados del siglo XVIII, Lisboa era una metrópoli de entre 250.000 y 275.000 habitantes y la capital de un imperio colonial que se extendía por África (Angola, Mozambique, Cabo Verde), Asia (Goa, Macao) y América (Brasil).
Portugal era un reino enormemente rico gracias al comercio colonial y, en particular, al oro que llegaba de Brasil. Lisboa era el puerto donde convergían rutas comerciales de medio mundo. Sus calles estrechas y empinadas albergaban palacios, monasterios e iglesias de una opulencia notable. El Palacio Real custodiaba una de las bibliotecas más importantes de Europa.
Pero la riqueza arquitectónica de la ciudad ocultaba una vulnerabilidad enorme. Las calles eran estrechas y tortuosas. Los edificios, construidos con mampostería pesada y sin ninguna consideración sísmica, se apilaban unos contra otros. Y la zona más poblada —La Baixa— se asentaba sobre depósitos aluviales del río Tajo, un terreno especialmente inestable ante un terremoto.
Lisboa, además, ya había sufrido un terremoto destructivo en 1531. Pero en 1755, dos siglos después, nadie recordaba aquella lección.

1 de noviembre de 1755: el día que todo cambió
El terremoto: entre tres y seis minutos que destruyeron una ciudad
Sobre las 9:30 de la mañana, mientras miles de lisboetas rezaban en iglesias repletas, un estruendo subterráneo rompió la calma. Lo que vino después no fue un solo temblor, sino una secuencia de sacudidas —al menos dos o tres— que en total duraron entre tres y seis minutos. La segunda sacudida fue, con diferencia, la más devastadora.
El suelo se abrió en grietas de hasta cinco metros de ancho en el centro de la ciudad. Iglesias, palacios, conventos y viviendas se desplomaron casi al unísono. De las 40 iglesias de Lisboa, solo 5 quedaron en pie. De sus 65 conventos, apenas 11 siguieron operativos. El Palacio Real, con toda su biblioteca, quedó destruido. El Teatro de la Ópera, inaugurado solo seis meses antes, desapareció bajo los escombros.
Miles de personas murieron aplastadas bajo los edificios, muchas de ellas dentro de las iglesias donde habían acudido a celebrar el día festivo. Los que lograron salir corrieron instintivamente hacia la zona abierta del puerto, junto al río Tajo. Allí les esperaba la segunda fase de la catástrofe.
El tsunami: cuando el mar se retiró y volvió
Unos 40 minutos después del terremoto, los supervivientes reunidos en los muelles observaron algo que nunca habían visto: el agua del Tajo se retiró bruscamente, dejando al descubierto el lecho del río con restos de naufragios y mercancías caídas al agua. Fue un espectáculo inquietante que duró poco.
Tres olas sucesivas, con alturas estimadas de entre 6 y 20 metros según la zona, golpearon el puerto y la parte baja de la ciudad. El agua penetró varios kilómetros tierra adentro y subió por el cauce del Tajo, arrasando todo a su paso. Muchas de las personas que habían buscado refugio en los espacios abiertos junto al río murieron ahogadas.
Pero el tsunami no se detuvo en Lisboa. Sus olas alcanzaron las costas del Algarve portugués, el golfo de Cádiz y la costa de Huelva con una fuerza devastadora. Cruzaron el Atlántico y llegaron hasta las Antillas, Barbados, Madeira y las islas Azores. En Marruecos, la ciudad de Agadir quedó destruida.
Los incendios: cinco días de llamas
La tercera y última fase completó la destrucción. Las miles de velas encendidas en iglesias y hogares por la festividad de Todos los Santos cayeron sobre muebles, cortinas y escombros. En una ciudad llena de ruinas y con calles intransitables, nadie podía organizar una extinción eficaz.
Los incendios se propagaron durante cinco o seis días consecutivos y consumieron lo que el terremoto y el tsunami habían dejado en pie. Obras de arte, archivos históricos, documentos comerciales de siglos de actividad colonial: todo ardió.
El balance de la triple catástrofe:
- Víctimas mortales: entre 60.000 y 100.000 personas en total (Lisboa, España y Marruecos). Algunas revisiones modernas sitúan el total regional en cifras algo menores, pero el consenso sigue siendo que fue uno de los desastres más mortíferos de Europa
- Destrucción material: ~85 % de los edificios de Lisboa destruidos
- Patrimonio perdido: la biblioteca real (~70.000 volúmenes), 35 de 40 iglesias, el Palacio Real, el Teatro de la Ópera
- Alcance geográfico: efectos sentidos en Groenlandia, Finlandia, las Antillas, el norte de África y gran parte de Europa
El terremoto en España: una catástrofe compartida
Aunque recibe el nombre de «terremoto de Lisboa», este evento golpeó con fuerza el sur y el oeste de España. El temblor se sintió en la totalidad de la península ibérica y en zonas tan lejanas como el norte de Francia o el norte de Italia.
Los daños más graves en territorio español se concentraron en Andalucía, especialmente en las provincias de Huelva y Cádiz, que además sufrieron el impacto directo del tsunami. Según las estimaciones de la época, unas 5.300 personas murieron en España como consecuencia del terremoto y el maremoto posterior.
Huelva y Cádiz: la costa arrasada
Las localidades costeras de Huelva fueron las más castigadas. En Ayamonte, la población más cercana a la frontera portuguesa, murieron unas 1.000 personas. En Lepe, unas 400 personas fallecieron y se destruyó alrededor del 80 % de su flota pesquera. La propia ciudad de Huelva sufrió el derrumbe del castillo de San Pedro y desprendimientos de tierra en sus cabezos que sepultaron viviendas.
Cádiz vivió una historia distinta. El terremoto apenas dañó los edificios, pero el tsunami fue devastador fuera de las murallas. Las olas rompieron los lienzos de las murallas portuarias, desplazando bloques de sillería de varias toneladas. Sin embargo, la orden del gobernador de cerrar las Puertas de Tierra —las puertas principales de la muralla— salvó la vida a miles de personas dentro del casco urbano. Fuera de las murallas, los pueblos de la bahía de Cádiz y la costa atlántica gaditana sufrieron graves destrucciones. Conil de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda, Rota, El Puerto de Santa María y Jerez de la Frontera registraron víctimas y daños importantes.
Sevilla, Salamanca y más allá
Sevilla, con solo nueve víctimas mortales, sufrió en cambio daños materiales enormes: en torno al 90 % de las viviendas resultaron dañadas. La Giralda sufrió desperfectos en sus remates y la Torre del Oro quedó tan maltrecha que se planteó su demolición. Finalmente, la oposición popular salvó el monumento y se optó por restaurarlo.
Más al norte, la Catedral Nueva de Salamanca sufrió grietas visibles y su cimborrio quedó tan dañado que hubo que desmontarlo y reconstruirlo. La Torre de las Campanas se inclinó de forma alarmante. En Jaén, las torres de la catedral se agrietaron. En Valladolid, se derrumbó una de las torres de la catedral. Y en el Palacio del Viso del Marqués (Ciudad Real), el Salón de Honor perdió su techo y sus pinturas decorativas.
El monarca Fernando VI, que había sentido el temblor en el Monasterio de El Escorial, ordenó una investigación inmediata. Se envió un cuestionario a los municipios más importantes del país con preguntas sobre la hora, la duración, los daños y las señales previas del terremoto. Respondieron 1.273 localidades. Esa encuesta, conservada hoy en el Archivo Histórico Nacional, es uno de los primeros intentos sistemáticos de documentar un desastre natural en España.

El marqués de Pombal: reconstruir desde la razón
En medio de la catástrofe surgió una figura que cambiaría la historia de la gestión de desastres: Sebastião José de Carvalho e Melo, el marqués de Pombal. Era el primer ministro del rey José I y, hasta ese momento, un político con más enemigos que aliados entre la aristocracia portuguesa.
Se le atribuye una frase que resume su pragmatismo ante la crisis: «enterrar a los muertos y cuidar a los vivos». Mientras otros buscaban explicaciones sobrenaturales para lo ocurrido, Pombal se puso a trabajar.
Respuesta inmediata: gestión de crisis sin precedentes
La familia real se había salvado por casualidad: habían salido de la ciudad al amanecer para pasar la festividad en el campo. El rey José I desarrolló a raíz de la catástrofe un miedo a vivir bajo techo que nunca superó; la corte se alojó en un campamento de tiendas en las colinas de Ajuda durante años.
Pombal, en cambio, recorrió personalmente las ruinas durante días. Estableció hospitales de campaña, prohibió abandonar la ciudad para evitar el caos y ordenó entierros rápidos —incluso en el mar— para prevenir epidemias. También impuso medidas de orden público para contener los saqueos.
La primera encuesta sísmica de la historia
Lo más visionario de la actuación de Pombal fue lo que hizo a continuación. En enero de 1756, apenas dos meses después del desastre, ordenó enviar un cuestionario detallado a todas las parroquias de Portugal. Las preguntas eran sorprendentemente modernas: ¿cuánto duró el terremoto? ¿Cuántas réplicas se sintieron? ¿Qué tipo de daños se produjeron? ¿Se comportaron los animales de forma extraña? ¿Qué ocurrió con los pozos de agua?
Las respuestas se recopilaron, se cruzaron y se analizaron hasta que emergió un patrón: datos sobre cómo se había propagado el movimiento, qué zonas habían sufrido más daño y qué tipos de edificios habían resistido mejor. El resultado fue uno de los primeros mapas de intensidades sísmicas de la historia.
Toda esa documentación se conserva hoy en el Archivo Torre do Tombo de Lisboa y se considera el punto de partida de la sismología moderna como disciplina científica.
Reconstrucción antisísmica: la Baixa Pombalina
Pombal no quiso reconstruir la Lisboa que había sido. Aprovechó la catástrofe para levantar una ciudad nueva, más segura y más racional. Los principios de la reconstrucción fueron revolucionarios para su época:
- Calles más anchas y trazado en cuadrícula, para facilitar la evacuación y frenar la propagación de incendios.
- Edificios de menor altura y con una estructura interna flexible: la llamada «gaiola pombalina» (jaula pombalina), un entramado de madera dentro de los muros que permitía absorber las sacudidas.
- Cimentación sobre estacas de madera hincadas en el terreno aluvial, distribuyendo mejor las cargas al suelo.
- Menos iglesias y más grandes, mejor ubicadas en la nueva trama urbana racional.
Fue la primera normativa antisísmica de Europa. Los edificios del barrio de La Baixa Pombalina se probaron incluso simulando terremotos: los soldados marchaban alrededor de las estructuras para comprobar su estabilidad ante vibraciones.
Este enfoque convirtió a Lisboa en un laboratorio de ingeniería sísmica que influyó en la planificación urbana de otras ciudades europeas durante décadas.
El terremoto que sacudió la filosofía
Si Pombal transformó la ciencia y el urbanismo, el terremoto de Lisboa provocó un terremoto paralelo en el pensamiento europeo. La catástrofe golpeó en plena Ilustración, en un momento en que el optimismo filosófico dominaba el panorama intelectual.
El optimismo puesto a prueba
La filosofía dominante a mediados del siglo XVIII, heredera de Leibniz, sostenía que vivimos en «el mejor de los mundos posibles»: un mundo creado por un Dios perfecto donde incluso el mal cumplía una función dentro de un plan mayor. El poeta inglés Alexander Pope lo resumía con su máxima «todo lo que es está bien».
Pero ¿cómo encajaba esa idea con la muerte de decenas de miles de personas —muchas de ellas rezando en iglesias un día santo— bajo los escombros de una de las ciudades más devotas de Europa? Para muchos, la respuesta era que no encajaba.
Voltaire, Rousseau y Kant: tres respuestas al desastre
Voltaire fue el primero en reaccionar. En su Poema sobre el desastre de Lisboa (1756), lanzó una increpación directa contra la idea de que un Dios benévolo pudiera permitir semejante horror. Tres años después, su novela Cándido (1759) satirizó sin piedad el optimismo de Leibniz a través del personaje del Dr. Pangloss, que insistía en que todo sucedía para bien incluso ante las peores desgracias.
Rousseau respondió a Voltaire con una extensa carta donde rechazaba tanto el optimismo ciego como el pesimismo. Su argumento fue sorprendentemente práctico: el origen del sufrimiento no estaba ni en Dios ni en la naturaleza, sino en las decisiones humanas. Si los lisboetas no hubieran vivido hacinados en edificios frágiles dentro de una ciudad mal planificada, las consecuencias habrían sido mucho menores. Era un argumento que hoy reconoceríamos como la base de la gestión de riesgo: el desastre no está solo en el fenómeno natural, sino en la vulnerabilidad de quienes lo sufren.
Kant, por su parte, publicó tres textos sobre el terremoto en 1756, intentando explicar sus causas mediante procesos naturales —gases subterráneos y cavernas—. Aunque su teoría específica era incorrecta, representó uno de los primeros esfuerzos sistemáticos por entender los terremotos como fenómenos naturales, no como castigos divinos. Según Walter Benjamin, el librito de Kant sobre el terremoto de Lisboa «representa probablemente el principio de la geografía científica en Alemania y, ciertamente, el comienzo de la sismología».
Mientras estos pensadores debatían, la Inquisición portuguesa interpretó el desastre como un castigo de Dios y organizó autos de fe. La tensión entre superstición y razón, entre providencia divina y explicación natural, quedó expuesta con una crudeza que aceleró el avance de la mentalidad ilustrada en Europa.
El legado: lo que cambió para siempre
El terremoto de Lisboa no fue simplemente un desastre histórico. Fue un punto de inflexión que transformó múltiples ámbitos de forma duradera:
Nació la sismología moderna. La encuesta de Pombal fue el primer intento sistemático de recopilar datos empíricos sobre un terremoto. Las respuestas, conservadas en el Archivo Torre do Tombo, permitieron reconstruir la propagación del sismo y elaborar algunos de los primeros mapas de intensidades. En España, Fernando VI ordenó una encuesta paralela, conservada en el Archivo Histórico Nacional.
Surgió la ingeniería antisísmica. La reconstrucción de Lisboa con la gaiola pombalina y el trazado racional fue la primera aplicación de principios de resistencia sísmica en la arquitectura europea. Esos criterios influyeron en ciudades de todo el continente.
Cambió la filosofía. El debate entre Voltaire, Rousseau y Kant erosionó el optimismo metafísico y sentó las bases de una visión más secular del sufrimiento humano. La idea de que los desastres naturales son fenómenos estudiables —no castigos divinos— se consolidó a partir de 1755.
Se creó el primer modelo de gestión de crisis. La respuesta de Pombal —entierros rápidos, hospitales de campaña, control de orden público, prohibición de especulación— fue un precedente de los protocolos modernos de protección civil.
Se estableció la vulnerabilidad como concepto clave. La observación de Rousseau de que la concentración urbana agravaba los efectos del terremoto anticipó en más de dos siglos la idea moderna de que el riesgo no depende solo de la amenaza natural, sino de la exposición y la vulnerabilidad de la población.

¿Podría repetirse? Lo que sabemos hoy
La falla Azores-Gibraltar, donde se originó el terremoto de 1755, sigue activa. Se encuentra en la zona donde la placa africana empuja contra la placa euroasiática, y periódicamente produce seísmos que se sienten en la península ibérica.
Los sismólogos estiman que el periodo de retorno de un evento comparable al de 1755 —un terremoto de magnitud superior a 8— podría ser de entre 1.000 y 2.000 años. Eso no significa que no pueda ocurrir mañana: solo que la probabilidad es baja en escalas humanas. Lo que sí es seguro es que terremotos de menor magnitud seguirán ocurriendo en la zona.
Hoy, las costas del golfo de Cádiz y del sur de Portugal cuentan con sistemas de alerta temprana de tsunamis y mejores normativas de construcción. Pero como señaló en 2005 el sismólogo José Manuel Martínez Solares del Instituto Geográfico Nacional, si un evento similar se repitiera con el actual desarrollo turístico e industrial de nuestras costas, las pérdidas económicas y humanas podrían ser muy elevadas.
Conexión con hoy: prepararse es aprender de la historia
El terremoto de Lisboa de 1755 enseñó algo que sigue siendo válido casi tres siglos después: los desastres naturales no se pueden evitar, pero sus consecuencias dependen en buena medida de nuestra preparación.
Rousseau lo intuyó en 1756 y la experiencia lo confirma una y otra vez. Los edificios mal construidos, la falta de planes de evacuación, el desconocimiento de los riesgos locales y la ausencia de suministros básicos amplifican cualquier desastre, sea un terremoto, una DANA o un apagón prolongado.
Si algo podemos aprender de aquella mañana de noviembre de 1755, es que la preparación no es alarmismo: es sentido común. Conocer los riesgos de tu zona, tener un kit de emergencia básico en casa, saber cómo actuar ante una alerta meteorológica y hablar con tu familia sobre qué hacer en caso de emergencia son pasos sencillos que pueden marcar la diferencia.
Lecciones prácticas para aplicar hoy
- Conoce los riesgos de tu zona. Si vives en el sur de España o cerca de la costa atlántica, infórmate sobre el riesgo sísmico y de tsunami en tu localidad. Los planes de emergencia municipales suelen estar disponibles en las webs de los ayuntamientos y de Protección Civil.
- No subestimes los desastres históricos. El terremoto de Lisboa afectó con fuerza a Huelva, Cádiz, Sevilla, Salamanca y muchas otras ciudades españolas. La historia de tu zona puede darte pistas sobre los riesgos reales.
- Ten un plan familiar. ¿Sabes dónde reunirte con tu familia si ocurre algo grave? ¿Tienes un punto de encuentro fuera de casa? La respuesta de las familias lisboetas en 1755 fue caótica porque nadie tenía un plan. Hoy podemos hacerlo mejor.
- Prepara un kit básico de emergencia. Agua, alimentos no perecederos, linterna, radio, botiquín y documentación importante. No necesitas mucho espacio ni mucho dinero.
- Entiende que la preparación es racional, no catastrofista. Pombal no era un alarmista: era un pragmático que sabía que prepararse era la mejor forma de proteger a su población. Esa mentalidad es exactamente la que necesitamos.
Si mañana la tierra temblara bajo tus pies, ¿sabrías qué hacer?
El terremoto de Lisboa de 1755 demostró que incluso las ciudades más prósperas son vulnerables cuando no se preparan. Pero también demostró que de las peores catástrofes puede surgir una respuesta inteligente, racional y protectora.
Pombal no pudo evitar el terremoto. Pero sí pudo reconstruir una ciudad más segura, documentar lo ocurrido y sentar las bases para que las generaciones futuras estuvieran mejor preparadas. Eso es exactamente lo que la preparación significa: no predecir el desastre, sino estar listo cuando llegue.
En Alertabase te ayudamos a dar esos pasos con información práctica y sin dramas. Explora nuestra sección de preparación y empieza hoy a proteger lo que más importa.
Recursos para profundizar
Libros recomendados
- Los efectos en España del terremoto de Lisboa (1 de noviembre de 1755) — José Manuel Martínez Solares (monografía del IGN, 2001). La referencia académica más completa sobre el impacto del terremoto en territorio español. https://www.ign.es/web/resources/sismologia/publicaciones/EfectosEspanaterremotoLisboa.pdf
- La ira de Dios: el gran terremoto de Lisboa (Wrath of God) — Edward Paice. Relato narrativo accesible sobre la catástrofe y sus consecuencias.
- Cándido o el optimismo — Voltaire (1759). La novela filosófica que nació del terremoto de Lisboa. Lectura breve y accesible.
Documentales
- Apocalypse — The Rise of Hitler… El terremoto de Lisboa (National Geographic) — Reconstrucción visual del desastre.
- BBC Reel: Terremoto de Lisboa — Vídeo divulgativo con testimonios de historiadores.
Visitas
- Convento do Carmo (Lisboa) — Sus ruinas góticas, sin techo desde 1755, son el testimonio más visual del terremoto. Alberga un museo arqueológico.
- Barrio de La Baixa Pombalina (Lisboa) — Pasear por sus calles es recorrer la primera ciudad antisísmica de Europa.
- Archivo Torre do Tombo (Lisboa) — Custodia las respuestas originales de la encuesta de Pombal.
- Plaza del Triunfo (Sevilla) — Su nombre conmemora que la Catedral de Sevilla sobrevivió al terremoto de 1755.
Fuentes y referencias
- Martínez Solares, J. M. (2001). Los efectos en España del terremoto de Lisboa (1 de noviembre de 1755). Monografías del IGN, núm. 9. Madrid. https://www.ign.es/web/resources/sismologia/publicaciones/EfectosEspanaterremotoLisboa.pdf
- Martínez Solares, J. M. (2017). «El Terremoto de Lisboa de 1 de noviembre de 1755». Física de la Tierra, 29: 47-60. Universidad Complutense de Madrid.
- Archivo Histórico Nacional (1755). Documentos originales manuscritos sobre los efectos del terremoto de 1755 en España. Sección Estado, Legajos 2909, 3173, 3183 y 4821.
- Rodríguez de la Torre, Fernando (1991-1995). Efectos del terremoto de 1 de noviembre de 1755 en localidades de la actual provincia de Albacete. Al-Basit.
- Wikipedia: «Terremoto de Lisboa de 1755». Consultado marzo 2026. https://es.wikipedia.org/wiki/Terremoto_de_Lisboa_de_1755
Nota: Los datos históricos de este artículo proceden de fuentes académicas e institucionales. Las cifras de víctimas son estimaciones —varían según la fuente consultada— y se presentan como rangos cuando existen discrepancias entre los estudios. Las URLs fueron verificadas durante la redacción.
Preguntas frecuentes sobre el terremoto de Lisboa de 1755
- ¿Qué magnitud tuvo el terremoto de Lisboa?
- No había sismógrafos en 1755, pero los paleosismólogos estiman una magnitud de entre 8,5 y 9,0 Mw basándose en datos geológicos e históricos. Fue uno de los mayores terremotos registrados en la historia de Europa.
- ¿Cuántas personas murieron en el terremoto de Lisboa?
- Las estimaciones varían según la fuente: entre 60.000 y 100.000 personas en total, incluyendo las víctimas del terremoto, el tsunami y los incendios en Lisboa, el sur de España y Marruecos.
- ¿Afectó el terremoto de 1755 a España?
- Sí, de forma muy significativa. Se sintió en toda la península ibérica. Las zonas más afectadas fueron las costas de Huelva y Cádiz, que sufrieron tanto el terremoto como el tsunami. Se estima que unas 5.300 personas murieron en España. Ciudades como Sevilla, Salamanca y Jaén sufrieron daños importantes en sus monumentos.
- ¿Quién fue el marqués de Pombal?
- Sebastião José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal, era el primer ministro del rey José I de Portugal. Lideró la reconstrucción de Lisboa con criterios racionales y antisísmicos, ordenó la primera encuesta sísmica de la historia y es considerado un precursor de la sismología moderna y la gestión de crisis.
- ¿Podría repetirse un terremoto similar hoy?
- La falla Azores-Gibraltar sigue activa, y los sismólogos no descartan un evento similar a largo plazo. El periodo de retorno estimado es de 1.000 a 2.000 años, lo que significa que la probabilidad a corto plazo es baja pero no nula. Las costas del golfo de Cádiz y el sur de Portugal siguen siendo zonas de riesgo sísmico y de tsunami.
- ¿Por qué el terremoto de Lisboa fue importante para la ciencia?
- Fue el primer terremoto estudiado de forma sistemática. La encuesta de Pombal a las parroquias permitió recopilar datos empíricos, detectar patrones de propagación y crear los primeros mapas de intensidad sísmica. También impulsó a pensadores como Kant a buscar explicaciones naturales para los terremotos, alejándose de las interpretaciones sobrenaturales.