Gripe española de 1918: la pandemia que cambió la salud pública

Gripe española de 1918: la pandemia que cambió la salud pública

España no originó la pandemia más letal del siglo XX. Pero fue el único país que habló de ella sin censura, y eso le costó cargar con un nombre injusto durante más de cien años. La gripe española de 1918 infectó a unos 500 millones de personas en todo el mundo — cerca de un tercio de la población mundial — y provocó entre 50 y 100 millones de muertes según las estimaciones más recientes. En España, donde la pandemia golpeó con especial dureza, las cifras superaron los 250.000 fallecidos.

Esta es la historia de lo que pasó realmente: cómo un virus nacido lejos de nuestras fronteras recibió nuestro nombre, qué vivieron las ciudades españolas durante aquellos meses de 1918 y qué lecciones de preparación ante emergencias siguen vigentes hoy.


Un virus nacido en las trincheras

En marzo de 1918, la Primera Guerra Mundial entraba en su fase final. Millones de soldados vivían hacinados en trincheras, campamentos y barracones. Las condiciones de higiene eran precarias y el agotamiento físico, generalizado. Fue en ese contexto donde un virus de gripe especialmente agresivo encontró las condiciones perfectas para propagarse.

El primer caso documentado se registró el 4 de marzo de 1918 en Fort Riley, una base militar en Kansas, Estados Unidos. Un soldado se presentó en la enfermería con fiebre alta. En una semana, más de 500 hombres del mismo campamento habían ingresado con síntomas idénticos. Poco después, otros brotes similares aparecieron en bases militares de Virginia, Georgia, Florida y California.

Con los soldados viajó también el virus. Los buques que transportaban tropas estadounidenses a Europa se convirtieron en vectores de contagio. El puerto francés de Brest, por donde entraba la mitad del contingente aliado, fue uno de los primeros focos europeos. Desde allí, la infección se extendió por las trincheras del frente occidental y, con los movimientos de tropas, por el resto del continente.

Hoy sabemos que el agente causante fue el virus de la gripe tipo A, subtipo H1N1. Pero en 1918 nadie lo sabía: los virus no se identificarían hasta los años 30. Los médicos de la época atribuían la enfermedad a una bacteria, el bacilo de Pfeiffer, y los tratamientos disponibles eran prácticamente inútiles.

La censura militar en los países beligerantes hizo el resto. Ni Francia, ni Reino Unido, ni Alemania, ni Estados Unidos informaron a sus poblaciones de la gravedad de los brotes. Publicar que miles de soldados caían enfermos podía minar la moral de las tropas y dar ventaja al enemigo. Solo un país neutral, sin censura de guerra, habló abiertamente de lo que estaba ocurriendo: España. Fue el corresponsal del diario británico The Times en Madrid quien, el 3 de junio de 1918, bautizó la enfermedad como Spanish flu. El nombre se quedó.


«El Soldado de Nápoles»: la pandemia llega a España

En España, la epidemia no se conocía como «gripe española». Ese nombre lo usaban fuera. Aquí la llamaban de muchas maneras: «el trancazo», «la enfermedad de moda» o, la más popular, «el Soldado de Nápoles», por una zarzuela de la época cuya música era tan pegadiza que se decía que se contagiaba igual que la enfermedad.

La primera oleada llegó en mayo de 1918, coincidiendo con las fiestas de San Isidro en Madrid. Miles de personas se congregaron en la pradera del santo, y una semana después los periódicos informaban de que medio Madrid estaba en cama con fiebre. El diario ABC publicó el 22 de mayo que los médicos habían detectado una epidemia gripal «muy propagada, pero, por fortuna, de carácter leve».

Aquella primera oleada fue, en efecto, relativamente benigna en la mayoría del país. Madrid la sufrió con intensidad, pero en Barcelona y otras ciudades apenas se notó. Los enfermos pasaban unos días malos — fiebre alta, dolor muscular, agotamiento — y en general se recuperaban. Llegó el verano y la enfermedad pareció retroceder.

La calma fue un espejismo. Lo que España no sabía es que el virus estaba mutando.

En la España de 1918 vivían unos 20,9 millones de personas. El sistema sanitario era precario, los médicos escaseaban — sobre todo en las zonas rurales — y los antibióticos no existían. Las viviendas de las clases populares estaban hacinadas y las condiciones higiénicas en muchos pueblos eran deficientes. Cuando llegase una segunda oleada más virulenta, el país no tendría con qué defenderse.

Hospital militar hacinado durante la Primera Guerra Mundial en 1918

El otoño que paralizó España

En septiembre de 1918, una versión mucho más letal del virus volvió a cruzar los Pirineos. Probablemente llegó con los temporeros españoles que trabajaban en el sur de Francia, ya que España no tenía soldados en el frente. Esta segunda oleada no se parecía en nada a la de primavera.

El 75 % de todas las víctimas españolas de la pandemia murieron en solo dos meses: octubre y noviembre de 1918.

Los datos del Instituto Nacional de Estadística reflejan la magnitud del desastre: los Anuarios Estadísticos de 1918 registraron 147.114 muertes directas por gripe y otras 123.056 por complicaciones derivadas de la infección, solo en ese año. Pero las cifras reales fueron más altas. La investigadora Beatriz Echeverri, autora del estudio de referencia sobre la pandemia en España, elevó posteriormente la estimación a unas 257.000 muertes entre 1918 y 1920. Otros investigadores, como Trilla y colaboradores, sitúan la cifra en torno a 260.000, lo que representaría cerca del 1,2 % de toda la población española.

La pandemia en cifras (España):

  • Población en 1918: ~20,9 millones de habitantes
  • Infectados estimados: ~8 millones (entre el 25 % y el 40 % de la población)
  • Muertes estimadas (1918-1920): entre 147.000 (registro directo INE) y 260.000 (estimaciones revisadas)
  • Mes más letal: octubre de 1918, con el 45 % de todas las muertes
  • Resultado demográfico: crecimiento vegetativo negativo en 1918 (más muertes que nacimientos)

La epidemia no golpeó igual en todas partes. Madrid y las provincias del norte peninsular — especialmente Zamora, León, Valladolid y Burgos — registraron las tasas de mortalidad más altas. En Canarias, en cambio, la incidencia fue mucho menor. Los investigadores apuntan a varios factores: la latitud, la densidad de población, la proporción de niños en cada provincia y, sobre todo, la pobreza. Las comunidades más pobres sufrieron de forma desproporcionada.

El contraste entre la percepción pública de mayo y la realidad de octubre es demoledor. Si en primavera los periódicos hablaban de una epidemia «leve», para el otoño el tono había cambiado radicalmente. El diario El Sol publicaba el 21 de octubre: «En todos los pueblos solo se oyen los lamentos de los aldeanos. El número de atacados es espantoso».


Zamora: cuando la fe desafió a la ciencia

Lo que ocurrió en Zamora es uno de los episodios más reveladores — y más trágicos — de la pandemia en España.

A finales de septiembre de 1918, la segunda oleada empezó a golpear la provincia. Los cuarteles militares de la ciudad fueron los primeros focos. El gobernador civil tomó medidas: prohibió las aglomeraciones y limitó los actos públicos. Pero el obispo de Zamora, Antonio Álvaro Ballano, tenía otros planes.

El 30 de septiembre, en contra de lo decretado por el gobernador civil, el obispo convocó una misa masiva y una novena en honor de San Roque, el santo patrón contra la peste. La asistencia fue multitudinaria. Los fieles besaron uno a uno las reliquias del santo. Don Antonio valoró la jornada como «una de las victorias más importantes que ha obtenido el catolicismo».

A partir de esa fecha, las muertes se dispararon. Las misas continuaron a diario. El 12 de octubre se alcanzó el pico: 200 fallecidos en una sola jornada en la capital. El 24 de octubre, el obispo convocó una procesión extraordinaria por las calles de la ciudad con la imagen de la Virgen del Tránsito, que no había salido de su convento en 33 años.

La provincia de Zamora fue una de las más castigadas de España, con más de 13.000 fallecidos. La tensión entre fe y evidencia científica no es un fenómeno nuevo.

El inspector general de Sanidad de Zamora, Manuel Martín Salazar, reconoció públicamente la incapacidad de la administración para hacer entender a la población la facilidad de los contagios. Ante la falta de médicos y de medios, las autoridades sanitarias se vieron desbordadas por una combinación de enfermedad, desinformación y tradiciones que facilitaban exactamente lo que había que evitar: el contacto masivo entre personas.

Periódicos españoles de 1918 sobre la pandemia de gripe

¿Por qué mataba a los jóvenes?

La gripe estacional, la que conocemos hoy, afecta sobre todo a dos grupos: niños pequeños y personas mayores. Los epidemiólogos lo representan con una curva de mortalidad en forma de U. La gripe de 1918 rompió ese patrón. La mayor mortalidad se concentró en adultos de entre 20 y 40 años, creando una curva en forma de W: un pico adicional, enorme, en la franja de edad que normalmente resiste mejor la enfermedad.

La hipótesis más aceptada apunta a la llamada «tormenta de citoquinas». El sistema inmunitario de los jóvenes, al ser más fuerte y reactivo, respondía de forma desproporcionada al virus. Esa reacción inmunitaria excesiva atacaba los propios tejidos pulmonares del enfermo, provocando una destrucción masiva. Paradójicamente, tener un sistema inmunitario potente se convirtió en una desventaja.

A esto se sumaba un problema que en 1918 no tenía solución: la mayoría de las muertes no las causaba directamente el virus, sino las neumonías bacterianas secundarias que aparecían cuando los pulmones ya estaban dañados. Los antibióticos, que habrían salvado miles de vidas, no se descubrirían hasta una década después.

Los síntomas de los casos graves iban mucho más allá de una gripe normal: fiebre muy alta, hemorragias nasales, dificultad respiratoria severa, y una cianosis — coloración azulada de la piel por falta de oxígeno — que hizo que algunos médicos de la época la llamaran «la muerte púrpura».

Las consecuencias sociales fueron devastadoras. Generaciones de jóvenes adultos, los que sostenían familias y economías, murieron en semanas. Pueblos enteros se quedaron sin mano de obra para las cosechas. Huérfanos, viudas y familias rotas se multiplicaron en toda España.


Cómo terminó la pandemia

Tras la segunda oleada mortífera, una tercera ola, más leve, golpeó entre el invierno y la primavera de 1919. En algunas zonas de España hubo incluso una cuarta oleada a principios de 1920. Pero cada nueva ola fue menos virulenta que la anterior.

La pandemia terminó de la forma más elemental posible: la población fue adquiriendo inmunidad natural a medida que los supervivientes desarrollaban defensas contra el virus. No hubo vacuna — las compañías farmacéuticas trabajaron contrarreloj, pero el virus desapareció antes de que pudieran siquiera aislarlo — ni tratamiento eficaz. La pandemia se extinguió por sí misma hacia el verano de 1920.

Y después vino el olvido. La gripe de 1918 quedó eclipsada por el final de la Primera Guerra Mundial, la euforia de los años 20 y, más tarde, por la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Durante décadas, los historiadores la ignoraron. Se la ha llamado, con razón, «la pandemia olvidada». Solo a partir de los años 90, con investigaciones como la de Beatriz Echeverri en España, se empezó a dimensionar lo que realmente había ocurrido.

Elementos de preparación ante emergencia sanitaria en una cocina española

Lecciones que siguen vigentes

Más de un siglo después, muchas de las lecciones de 1918 siguen siendo relevantes para cualquier familia que quiera estar preparada ante una emergencia sanitaria.

La información salva vidas. España informó de la epidemia y cargó con el estigma del nombre. Los países que censuraron la información retrasaron su respuesta y, en muchos casos, pagaron un precio más alto. Hoy tenemos sistemas de alerta como Es-Alert que nos avisan ante emergencias. La transparencia institucional y el acceso a información fiable siguen siendo la primera línea de defensa.

No subestimar los primeros avisos. La primera oleada de 1918 fue leve. Muchos pensaron que lo peor había pasado. Unos meses después, la segunda oleada mató a cientos de miles. Los avisos tempranos importan, y conviene tomarlos en serio aunque la amenaza parezca menor de lo esperado.

Las medidas tempranas marcan la diferencia. Las ciudades que aplicaron medidas de distanciamiento y limitación de actos públicos con rapidez — como Nueva York — tuvieron tasas de mortalidad significativamente menores que las que tardaron en actuar o relajaron sus medidas demasiado pronto. El caso de Zamora frente al de otras ciudades que sí limitaron las aglomeraciones lo ilustra dentro de España.

La preparación doméstica no es un invento moderno. En 1918, la mayoría de las familias españolas no tenían reservas de alimentos, medicamentos básicos ni un plan ante una crisis sanitaria. Hoy podemos tenerlo. Un kit de emergencia básico, un botiquín de primeros auxilios bien surtido y un plan familiar claro son recursos que en 1918 habrían salvado vidas, y que hoy están al alcance de cualquiera.


Libro recomendado para profundizar

Si quieres ir más allá de este resumen, la investigadora Beatriz Echeverri Dávila publicó la primera gran investigación sobre la pandemia en España, actualizada con nuevos datos y un análisis comparativo con el COVID-19. Es el punto de partida imprescindible para entender qué vivió España en 1918.

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Autora
Beatriz Echeverri Dávila
Idioma
Español
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Preguntas frecuentes

¿Por qué se llama gripe española si no nació en España?
Porque España era neutral en la Primera Guerra Mundial y su prensa informó libremente de la epidemia, mientras los países beligerantes censuraban la información. Al ser el único país que hablaba abiertamente de la enfermedad, se asoció con ella. El nombre lo acuñó un corresponsal del diario británico The Times en junio de 1918.
¿Cuántas personas murieron por la gripe de 1918 en España?
Las cifras varían según la fuente. Los Anuarios del INE registraron 147.114 muertes directas por gripe en 1918. Las estimaciones revisadas de investigadores como Echeverri y Trilla sitúan el total entre 257.000 y 260.000 muertes entre 1918 y 1920, lo que supondría cerca del 1,2 % de la población española.
¿Cuántas personas murieron en total en el mundo?
Las estimaciones han ido creciendo con los años. Las cifras más antiguas hablaban de 20 a 40 millones. Las más recientes, basadas en estudios que incluyen regiones que en 1918 no tenían registros fiables, sitúan el total entre 50 y 100 millones de muertes en todo el mundo.
¿Por qué la gripe de 1918 mataba a personas jóvenes?
A diferencia de la gripe estacional, que afecta sobre todo a niños y ancianos, la de 1918 provocaba la mayor mortalidad en adultos de 20 a 40 años. La hipótesis más aceptada es que su sistema inmunitario, al ser más fuerte, generaba una reacción excesiva (tormenta de citoquinas) que destruía los propios tejidos pulmonares del enfermo.
¿Cómo terminó la pandemia de 1918?
No hubo vacuna ni tratamiento eficaz. La pandemia se extinguió gradualmente hacia 1920, a medida que la población fue desarrollando inmunidad natural. El virus no desapareció del todo: sus descendientes siguen circulando como gripe estacional.
¿Podría repetirse una pandemia como la de 1918?
El riesgo de nuevas pandemias existe siempre. La diferencia es que hoy contamos con herramientas que en 1918 no existían: vigilancia epidemiológica global, antibióticos para tratar las neumonías secundarias, capacidad de desarrollar vacunas y sistemas de alerta rápida. La preparación individual y familiar también marca la diferencia.

Fuentes y referencias

  • Instituto Nacional de Estadística — 1918: Una pandemia vista desde los Anuarios Estadísticos [URL: verificar manualmente antes de publicar]
  • Echeverri Dávila, B. (1993). La gripe española: la pandemia de 1918-1919. Centro de Investigaciones Sociológicas.
  • Echeverri Dávila, B. (2018). «En el centenario de la gripe española: un estado de la cuestión». Revista de Demografía Histórica, XXXVI(I), 17-42.
  • Trilla, A., Trilla, G. y Daer, C. (2008). «The 1918 ‘Spanish Flu’ in Spain». Clinical Infectious Diseases, 47(1), 668-673.
  • Taubenberger, J.K. y Morens, D.M. (2006). «1918 Influenza: the Mother of All Pandemics». Emerging Infectious Diseases, 12(1), 15-22.
  • Comité Asesor de Vacunas de la AEP — Impacto de la gripe de 1918 en España [URL: verificar manualmente antes de publicar]
  • Almudéver Campo, L. y Camaño Puig, R.E. (2025). «El impacto demográfico de la epidemia de gripe de 1918 a través de la prensa española». Revista Española de Salud Pública, 99.
  • Organización Panamericana de la Salud — La muerte púrpura: La gran gripe de 1918 [URL: verificar manualmente antes de publicar]
  • Hemeroteca Municipal de Madrid — La epidemia del día (1918-1920) [URL: verificar manualmente antes de publicar]

Nota: Los datos históricos y estadísticas de este artículo se han contrastado con las fuentes citadas. Si detectas alguna imprecisión, contacta con nosotros para corregirla.

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